
La Estoa Pecile
Atenas, hacia 460 a.C. – hacia 396 d.C.
Según Pausanias (1.15), cuatro grandes cuadros ocupaban el muro del pórtico: la batalla de Énoe, la Amazonomaquia, los griegos tras la toma de Troya y la batalla de Maratón. Eran paneles pintados, y la tradición nombra a Polignoto de Tasos, a Micón y a Paneno, el hermano de Fidias, pero las fuentes no coinciden en quién pintó cuál.
El pórtico del ágora
Atenas, hacia el 460 a.C. En el rincón noroeste del ágora, junto al camino de las procesiones, se levantó un edificio largo y abierto por delante: una estoa, un pórtico techado donde se podía caminar, conversar o esperar la sombra.
Lo mandó construir un tal Pisianacte, emparentado, según los estudiosos, con Cimón, el hijo del vencedor de Maratón. Por eso, al principio, se lo llamó el Pisianacteo. Afuera tenía una columnata dórica; adentro, una hilera de columnas jónicas, más finas, sostenía el techo. Cuando los arqueólogos dieron con sus cimientos, entre 1980 y 1982, vieron que era el primer edificio conocido de Atenas que combinaba los dos órdenes.
Pero el nombre que quedó fue otro. «Pecile» quiere decir abigarrado, de muchos colores. Y Pausanias, que lo visitó más de seiscientos años después, lo explica sin vueltas: es «el pórtico que llaman Pecile, por sus pinturas».
Cuatro cuadros, cuatro peleas
Quien entraba veía cuatro batallas seguidas sobre el muro. Pausanias las recorre en orden.
Primero, atenienses y espartanos formados frente a frente en un lugar llamado Énoe. En el medio del muro, Teseo y los atenienses contra las amazonas. Después, los griegos que acaban de tomar Troya, con los reyes reunidos por el ultraje de Áyax contra Casandra. Y al final, la que todos conocían: Maratón.
Había leyenda y había historia reciente, y el visitante pasaba de una a otra sin cambiar el paso. Esa mezcla era el punto. «Vayan ahora con la imaginación a la Estoa Pecile —decía el orador Esquines, un siglo y pico más tarde—: en el ágora están los recuerdos de todas nuestras hermosas hazañas.»
Los pintaron, según la tradición, Polignoto de Tasos, Micón y Paneno, el hermano de Fidias. Plinio cuenta que Polignoto trabajó gratis y Micón cobró. Plutarco añade que Polignoto lo hizo por celo hacia la ciudad. Sobre quién pintó cuál, las fuentes no se ponen de acuerdo.
Escudos con pez
Entre los cuadros colgaban trofeos de verdad. Pausanias habla de escudos de bronce. Algunos llevaban una inscripción: se los habían quitado a los escioneos y a sus aliados. Otros estaban untados con pez para que ni el tiempo ni el óxido los echaran a perder, y se decía que eran de los espartanos capturados en la isla de Esfacteria.
Para un griego, eso era casi increíble. En Esfacteria, en el 425 a.C., unos 290 hombres vivos, alrededor de 120 de ellos espartiatas, entregaron las armas a los atenienses. Tucídides escribe que nada en toda la guerra sorprendió tanto a los griegos: se daba por seguro que un espartano moriría con las armas en la mano antes que rendirlas.
El pórtico funcionaba, entonces, como una vitrina de la memoria: mitos, batallas y botín a la vista de todos, en el lugar donde la gente se cruzaba a charlar. Y no siempre nombraba a los héroes. La pintura de Maratón, cuenta Esquines, mostraba a Milcíades animando a los soldados, pero su nombre no estaba escrito: lo había pedido, y el pueblo no quiso.
El náufrago de Citio
«Ahora he hecho buena travesía, ahora que naufragué.»
Diógenes Laercio, Vidas 7.5 (dicho atribuido a Zenón)
Hacia fines del siglo IV a.C., un mercader de Citio, ciudad griega de Chipre con colonos fenicios, viajaba de Fenicia al Pireo con un cargamento de púrpura cuando su barco naufragó. Se llamaba Zenón. Subió a Atenas, entró en una librería y se puso a leer el segundo libro de los Recuerdos de Sócrates, de Jenofonte. Le gustó tanto que preguntó dónde se podía encontrar hombres como ese.
Justo pasaba Crates, el filósofo cínico. «Seguí a ese hombre», dijo el librero. Zenón lo siguió.
Crates, para curarle la vergüenza, le dio una olla de sopa de lentejas para que la cruzara por el Cerámico. Zenón trató de esconderla; Crates la rompió de un bastonazo y las lentejas le corrieron por las piernas. «¿Por qué huís, fenicito? —le dijo—. No te pasó nada terrible.»
Diógenes Laercio guarda otras versiones. En una, Zenón ya estaba en Atenas cuando supo del naufragio, y dijo: «Bien hace la Fortuna en empujarnos hacia la filosofía».
Los del pórtico
Zenón empezó a enseñar en la Estoa Pecile. Diógenes Laercio lo muestra caminando de un lado a otro bajo las pinturas de Polignoto, y da un motivo práctico: quería mantener el lugar despejado de curiosos y ociosos.
El sitio tenía una historia oscura. Según el mismo Diógenes, en tiempos de los Treinta, el régimen que gobernó Atenas tras la derrota frente a Esparta, habían muerto allí unos 1.400 ciudadanos. Pero la gente empezó a acercarse a escucharlo, y por eso se los llamó «los del pórtico»: los estoicos. Antes de ellos, cuenta Diógenes, ese nombre lo llevaban los poetas que pasaban el tiempo allí.
Los atenienses lo estimaron tanto que le confiaron las llaves de las murallas, lo coronaron con oro y le levantaron una estatua de bronce. Zenón enseñó hasta su muerte, hacia el 262 a.C. De esa escuela saldrían, siglos después, un esclavo llamado Epicteto y un emperador llamado Marco Aurelio.
Se llevaron los cuadros
«Ya no es “Pintada”: el procónsul se llevó los paneles en los que Polignoto de Tasos mostró su arte.»
Sinesio de Cirene, Epístola 136 (numeración de Hercher)
Los cuadros resistieron siglos. Pausanias los vio en el siglo II d.C., todavía en su lugar, con los escudos de bronce al lado. Atenas soportó saqueos, cambió de señores, cambió de dioses, y el pórtico siguió en pie.
Hacia el 396 d.C., un joven filósofo de Cirene, Sinesio, le escribió a su hermano desde el Ática. Estaba desilusionado. Atenas ya no tenía nada sublime, decía, salvo los nombres célebres: la Academia, el Liceo y el pórtico de Zenón y Crisipo. Y el pórtico había dejado de merecer su apodo, porque el procónsul se había llevado los paneles. La sabiduría ahora estaba en Egipto, con Hipatia, y a Atenas solo la honraban los apicultores.
Sinesio no dice por qué se los llevaron ni adónde. Nadie lo sabe hoy. El edificio siguió un tiempo, ya sin cuadros, y los arqueólogos creen que en el siglo VI lo desarmaron para reutilizar las piedras.
Tu propio pórtico
Los cuatro cuadros no llegaron hasta nosotros. Lo que sí quedó es la idea: una ciudad que decidió pintar sus peleas, las gloriosas y las olvidadas, las de mito y las de ayer, y colgarlas donde la gente pasara todos los días. Debajo, un náufrago que lo había perdido todo se puso a enseñar cómo vivir.
Estoa toma su nombre de ese pórtico. Aquí también cada noche se pinta un cuadro: el de tu día. Una pelea ganada o perdida, una página escrita a mano, tres promesas para mañana. Ninguna noche es Maratón. No hace falta que lo sea.
Las noches malas también se pintan. Una derrota es una tormenta, y una tormenta también es un cuadro hermoso.
Con las semanas, la pared se va llenando. Y un día, mirándola desde lejos, se ve lo que un solo día no muestra: un pórtico propio, hecho de todos tus días.
¿Sabías que…?
Los escudos de bronce que Pausanias vio en la Estoa estaban untados con pez para que no los gastaran el tiempo ni el óxido. Se decía que eran de los espartanos capturados en la isla de Esfacteria; según Tucídides, su rendición fue lo que más sorprendió a los griegos en toda la guerra.
Pausanias 1.15.4; Tucídides 4.38 y 4.40Polignoto pintó su parte del pórtico gratis; Micón cobró.
Plinio el Viejo, Historia natural 35.59 (caps. 34–35 en la edición Bostock–Riley); Plutarco, Cimón 4.6Antes de que los seguidores de Zenón se llamaran estoicos, ese nombre se aplicaba a los poetas que pasaban el tiempo en el pórtico.
Diógenes Laercio 7.5 (que cita a Eratóstenes)En el 396 d.C., Sinesio se quejaba de que Atenas ya no tenía nada sublime salvo los nombres, y de que solo la honraban los apicultores de la miel del Himeto.
Sinesio, Epístola 136 (numeración de Hercher)Los cimientos del pórtico se encontraron entre 1980 y 1982, en un solar de la calle Adrianú, en el ágora. Solo se excavó el rincón occidental; el resto sigue sin excavar.
T. Leslie Shear Jr., «The Athenian Agora: Excavations of 1980–1982», Hesperia 53 (1984)
Los atenienses no quisieron olvidar sus peleas: las pintaron y las colgaron donde todos pasaban. Zenón enseñaba caminando debajo de ellas, con la memoria de lo difícil a la vista. Estoa propone algo parecido y más chico: cada noche, mirar tu día como una pelea, sin dramatizarla, y dejarlo pintado. Ganes o pierdas, el cuadro queda. Con el tiempo, tu propio pórtico.
Fuentes antiguas
- Pausanias, Descripción de Grecia 1.15 (Pecile y sus pinturas), 5.11.6 (Paneno). Texto de Perseus · texto
- Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos 7.1–7 (Zenón). Inglés (Hicks) · texto
- Sinesio de Cirene, Cartas 54 y 136 (numeración de Hercher, trad. inglesa de A. Fitzgerald) · texto
- Plutarco, Cimón 4.5–6 (Polignoto pintó gratis; «Pisianacteo») · texto
- Plinio el Viejo, Historia natural 35.57 y 35.59 (Paneno, Polignoto y Micón; ed. Bostock–Riley en Perseus, caps. 34–35) · texto
- Esquines, Contra Ctesifonte 185–186 (la pintura de Maratón y Milcíades) · texto
- Tucídides 4.38 y 4.40 (Esfacteria; texto griego) · texto
- Verificación moderna (solo para fechas y arqueología): Wikipedia, «Stoa Poikile» (con su bibliografía: Wycherley 1957, Athenian Agora III; T. L. Shear Jr., Hesperia 53, 1984) · texto









