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Atenas, hacia el 460 a.C.

Historiasdel Pórtico

En el ágora de Atenas había un pórtico con cuatro pinturas de batallas. Debajo de ellas enseñaba Zenón, y por eso sus alumnos se llamaron estoicos. No sobrevivió ninguna pintura. Las recreamos como óleos, hechos con herramientas de inteligencia artificial, y contamos sus historias desde las fuentes antiguas: Heródoto, Plutarco, Pausanias, Homero.

El recorrido

Cinco historias,
un muro.

Primero, el pórtico. Después, las cuatro pinturas en el orden en que las vio Pausanias cuando recorrió el pórtico en el siglo II.

Recreación al óleo: La Estoa Pecile
El pórtico · 6 min de lectura

La Estoa Pecile

Atenas, hacia 460 a.C. – hacia 396 d.C.

En el Pórtico

Según Pausanias (1.15), cuatro grandes cuadros ocupaban el muro del pórtico: la batalla de Énoe, la Amazonomaquia, los griegos tras la toma de Troya y la batalla de Maratón. Eran paneles pintados, y la tradición nombra a Polignoto de Tasos, a Micón y a Paneno, el hermano de Fidias, pero las fuentes no coinciden en quién pintó cuál.

01

El pórtico del ágora

Atenas, hacia el 460 a.C. En el rincón noroeste del ágora, junto al camino de las procesiones, se levantó un edificio largo y abierto por delante: una estoa, un pórtico techado donde se podía caminar, conversar o esperar la sombra.

Lo mandó construir un tal Pisianacte, emparentado, según los estudiosos, con Cimón, el hijo del vencedor de Maratón. Por eso, al principio, se lo llamó el Pisianacteo. Afuera tenía una columnata dórica; adentro, una hilera de columnas jónicas, más finas, sostenía el techo. Cuando los arqueólogos dieron con sus cimientos, entre 1980 y 1982, vieron que era el primer edificio conocido de Atenas que combinaba los dos órdenes.

Pero el nombre que quedó fue otro. «Pecile» quiere decir abigarrado, de muchos colores. Y Pausanias, que lo visitó más de seiscientos años después, lo explica sin vueltas: es «el pórtico que llaman Pecile, por sus pinturas».

02

Cuatro cuadros, cuatro peleas

Quien entraba veía cuatro batallas seguidas sobre el muro. Pausanias las recorre en orden.

Primero, atenienses y espartanos formados frente a frente en un lugar llamado Énoe. En el medio del muro, Teseo y los atenienses contra las amazonas. Después, los griegos que acaban de tomar Troya, con los reyes reunidos por el ultraje de Áyax contra Casandra. Y al final, la que todos conocían: Maratón.

Había leyenda y había historia reciente, y el visitante pasaba de una a otra sin cambiar el paso. Esa mezcla era el punto. «Vayan ahora con la imaginación a la Estoa Pecile —decía el orador Esquines, un siglo y pico más tarde—: en el ágora están los recuerdos de todas nuestras hermosas hazañas.»

Los pintaron, según la tradición, Polignoto de Tasos, Micón y Paneno, el hermano de Fidias. Plinio cuenta que Polignoto trabajó gratis y Micón cobró. Plutarco añade que Polignoto lo hizo por celo hacia la ciudad. Sobre quién pintó cuál, las fuentes no se ponen de acuerdo.

03

Escudos con pez

Entre los cuadros colgaban trofeos de verdad. Pausanias habla de escudos de bronce. Algunos llevaban una inscripción: se los habían quitado a los escioneos y a sus aliados. Otros estaban untados con pez para que ni el tiempo ni el óxido los echaran a perder, y se decía que eran de los espartanos capturados en la isla de Esfacteria.

Para un griego, eso era casi increíble. En Esfacteria, en el 425 a.C., unos 290 hombres vivos, alrededor de 120 de ellos espartiatas, entregaron las armas a los atenienses. Tucídides escribe que nada en toda la guerra sorprendió tanto a los griegos: se daba por seguro que un espartano moriría con las armas en la mano antes que rendirlas.

El pórtico funcionaba, entonces, como una vitrina de la memoria: mitos, batallas y botín a la vista de todos, en el lugar donde la gente se cruzaba a charlar. Y no siempre nombraba a los héroes. La pintura de Maratón, cuenta Esquines, mostraba a Milcíades animando a los soldados, pero su nombre no estaba escrito: lo había pedido, y el pueblo no quiso.

04

El náufrago de Citio

«Ahora he hecho buena travesía, ahora que naufragué.»

Diógenes Laercio, Vidas 7.5 (dicho atribuido a Zenón)

Hacia fines del siglo IV a.C., un mercader de Citio, ciudad griega de Chipre con colonos fenicios, viajaba de Fenicia al Pireo con un cargamento de púrpura cuando su barco naufragó. Se llamaba Zenón. Subió a Atenas, entró en una librería y se puso a leer el segundo libro de los Recuerdos de Sócrates, de Jenofonte. Le gustó tanto que preguntó dónde se podía encontrar hombres como ese.

Justo pasaba Crates, el filósofo cínico. «Seguí a ese hombre», dijo el librero. Zenón lo siguió.

Crates, para curarle la vergüenza, le dio una olla de sopa de lentejas para que la cruzara por el Cerámico. Zenón trató de esconderla; Crates la rompió de un bastonazo y las lentejas le corrieron por las piernas. «¿Por qué huís, fenicito? —le dijo—. No te pasó nada terrible.»

Diógenes Laercio guarda otras versiones. En una, Zenón ya estaba en Atenas cuando supo del naufragio, y dijo: «Bien hace la Fortuna en empujarnos hacia la filosofía».

05

Los del pórtico

Zenón empezó a enseñar en la Estoa Pecile. Diógenes Laercio lo muestra caminando de un lado a otro bajo las pinturas de Polignoto, y da un motivo práctico: quería mantener el lugar despejado de curiosos y ociosos.

El sitio tenía una historia oscura. Según el mismo Diógenes, en tiempos de los Treinta, el régimen que gobernó Atenas tras la derrota frente a Esparta, habían muerto allí unos 1.400 ciudadanos. Pero la gente empezó a acercarse a escucharlo, y por eso se los llamó «los del pórtico»: los estoicos. Antes de ellos, cuenta Diógenes, ese nombre lo llevaban los poetas que pasaban el tiempo allí.

Los atenienses lo estimaron tanto que le confiaron las llaves de las murallas, lo coronaron con oro y le levantaron una estatua de bronce. Zenón enseñó hasta su muerte, hacia el 262 a.C. De esa escuela saldrían, siglos después, un esclavo llamado Epicteto y un emperador llamado Marco Aurelio.

06

Se llevaron los cuadros

«Ya no es “Pintada”: el procónsul se llevó los paneles en los que Polignoto de Tasos mostró su arte.»

Sinesio de Cirene, Epístola 136 (numeración de Hercher)

Los cuadros resistieron siglos. Pausanias los vio en el siglo II d.C., todavía en su lugar, con los escudos de bronce al lado. Atenas soportó saqueos, cambió de señores, cambió de dioses, y el pórtico siguió en pie.

Hacia el 396 d.C., un joven filósofo de Cirene, Sinesio, le escribió a su hermano desde el Ática. Estaba desilusionado. Atenas ya no tenía nada sublime, decía, salvo los nombres célebres: la Academia, el Liceo y el pórtico de Zenón y Crisipo. Y el pórtico había dejado de merecer su apodo, porque el procónsul se había llevado los paneles. La sabiduría ahora estaba en Egipto, con Hipatia, y a Atenas solo la honraban los apicultores.

Sinesio no dice por qué se los llevaron ni adónde. Nadie lo sabe hoy. El edificio siguió un tiempo, ya sin cuadros, y los arqueólogos creen que en el siglo VI lo desarmaron para reutilizar las piedras.

07

Tu propio pórtico

Los cuatro cuadros no llegaron hasta nosotros. Lo que sí quedó es la idea: una ciudad que decidió pintar sus peleas, las gloriosas y las olvidadas, las de mito y las de ayer, y colgarlas donde la gente pasara todos los días. Debajo, un náufrago que lo había perdido todo se puso a enseñar cómo vivir.

Estoa toma su nombre de ese pórtico. Aquí también cada noche se pinta un cuadro: el de tu día. Una pelea ganada o perdida, una página escrita a mano, tres promesas para mañana. Ninguna noche es Maratón. No hace falta que lo sea.

Las noches malas también se pintan. Una derrota es una tormenta, y una tormenta también es un cuadro hermoso.

Con las semanas, la pared se va llenando. Y un día, mirándola desde lejos, se ve lo que un solo día no muestra: un pórtico propio, hecho de todos tus días.

¿Sabías que…?

  • Los escudos de bronce que Pausanias vio en la Estoa estaban untados con pez para que no los gastaran el tiempo ni el óxido. Se decía que eran de los espartanos capturados en la isla de Esfacteria; según Tucídides, su rendición fue lo que más sorprendió a los griegos en toda la guerra.

    Pausanias 1.15.4; Tucídides 4.38 y 4.40
  • Polignoto pintó su parte del pórtico gratis; Micón cobró.

    Plinio el Viejo, Historia natural 35.59 (caps. 34–35 en la edición Bostock–Riley); Plutarco, Cimón 4.6
  • Antes de que los seguidores de Zenón se llamaran estoicos, ese nombre se aplicaba a los poetas que pasaban el tiempo en el pórtico.

    Diógenes Laercio 7.5 (que cita a Eratóstenes)
  • En el 396 d.C., Sinesio se quejaba de que Atenas ya no tenía nada sublime salvo los nombres, y de que solo la honraban los apicultores de la miel del Himeto.

    Sinesio, Epístola 136 (numeración de Hercher)
  • Los cimientos del pórtico se encontraron entre 1980 y 1982, en un solar de la calle Adrianú, en el ágora. Solo se excavó el rincón occidental; el resto sigue sin excavar.

    T. Leslie Shear Jr., «The Athenian Agora: Excavations of 1980–1982», Hesperia 53 (1984)
Lo que nos deja

Los atenienses no quisieron olvidar sus peleas: las pintaron y las colgaron donde todos pasaban. Zenón enseñaba caminando debajo de ellas, con la memoria de lo difícil a la vista. Estoa propone algo parecido y más chico: cada noche, mirar tu día como una pelea, sin dramatizarla, y dejarlo pintado. Ganes o pierdas, el cuadro queda. Con el tiempo, tu propio pórtico.

Fuentes antiguas
  • Pausanias, Descripción de Grecia 1.15 (Pecile y sus pinturas), 5.11.6 (Paneno). Texto de Perseus · texto
  • Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos 7.1–7 (Zenón). Inglés (Hicks) · texto
  • Sinesio de Cirene, Cartas 54 y 136 (numeración de Hercher, trad. inglesa de A. Fitzgerald) · texto
  • Plutarco, Cimón 4.5–6 (Polignoto pintó gratis; «Pisianacteo») · texto
  • Plinio el Viejo, Historia natural 35.57 y 35.59 (Paneno, Polignoto y Micón; ed. Bostock–Riley en Perseus, caps. 34–35) · texto
  • Esquines, Contra Ctesifonte 185–186 (la pintura de Maratón y Milcíades) · texto
  • Tucídides 4.38 y 4.40 (Esfacteria; texto griego) · texto
  • Verificación moderna (solo para fechas y arqueología): Wikipedia, «Stoa Poikile» (con su bibliografía: Wycherley 1957, Athenian Agora III; T. L. Shear Jr., Hesperia 53, 1984) · texto
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Recreación al óleo: Énoe
Primera pintura · 5 min de lectura

Énoe

Énoe, en la Argólide, hacia mediados del siglo V a.C. (fecha y lugar discutidos)

En el Pórtico

Según Pausanias (1.15.1), la primera pintura del pórtico mostraba a los atenienses formados contra los lacedemonios en Énoe, en territorio argivo. No estaba pintado el momento culminante ni las proezas, sino el comienzo del combate, cuando los hombres estaban por llegar a las manos. Pausanias no dice quién la pintó y no se conserva el nombre del pintor.

01

El instante antes

«No está pintado el punto culminante del combate ni las proezas ya cumplidas, sino el comienzo de la batalla, cuando los hombres todavía se acercaban para llegar a las manos.»

Pausanias, Descripción de Grecia 1.15.1

Es la primera pintura del recorrido de Pausanias. Dos ejércitos que se están formando, hombres de Atenas y de Esparta, escudos, lanzas, el aire que se acomoda antes de una batalla. Nadie ha caído todavía. Nadie ha demostrado nada.

Pausanias, que era un viajero y no un crítico de arte, lo aclara con cuidado. Los otros cuadros muestran combates en marcha o guerras ya terminadas. Este muestra el instante previo, el segundo en que todo puede pasar.

Y no nombra a ningún personaje. En Maratón hay héroes con nombre: Calímaco, Milcíades, Equetlo. En Troya hay reyes. En Énoe, según Pausanias, hay atenienses y lacedemonios: dos filas y una distancia que se acorta.

02

Un pueblo llamado Énoe

Énoe era un pueblo de la Argólide, en el Peloponeso. Pausanias lo describe en su recorrido por la región: pasado un torrente llamado Caradro, está Énoe, que los argivos dicen que se llama así por Eneo, el rey de Etolia. Expulsado de su trono, Eneo buscó refugio en Argos, con su nieto Diomedes. Diomedes lo atendió con todo el respeto que se debe a un abuelo, hasta que murió, y lo enterró allí.

Encima de Énoe está el monte Artemisio, con un santuario de Artemisa en la cima. En esa montaña nacen las fuentes del río Ínaco, un río que, dice Pausanias, tiene fuentes de verdad, aunque el agua no corre lejos.

Es un rincón discreto del Peloponeso: la tumba del abuelo de un héroe. Sin embargo, según la pintura del Pórtico, allí se formaron atenienses y espartanos frente a frente.

03

Una batalla sin cronista

Aquí aparece el problema. De esta batalla, que dos ciudades consideraron digna de una pared y de un monumento, casi no se sabe nada.

Ninguna crónica conservada del siglo V la cuenta. Heródoto no la menciona. Tucídides, que dedicó capítulos enteros a explicar cómo Atenas llegó a ser tan poderosa en esos años, tampoco. No se conserva ni un jefe, ni una cifra de bajas, ni una fecha, ni un resultado. El único autor antiguo que la nombra, hasta donde sabemos, es Pausanias, que escribe unos seiscientos años después, cuando el cuadro seguía en su lugar.

Es como si la pintura hubiera sobrevivido a la memoria de lo que pintaba.

La opinión dominante entre los historiadores la ubica a mediados del siglo V a.C., cuando Atenas y Esparta se estaban enemistando. Pero no hay acuerdo ni sobre el año, ni sobre el sitio, ni sobre si pasó como se cree.

04

Atenas y Esparta se separan

«…temiendo la audacia y el afán de novedades de los atenienses…»

Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso 1.102

Para imaginar cuándo pudo ser, hay que volver a aquellos años. Hacia el 462 a.C., Esparta pidió ayuda a Atenas contra sus esclavos sublevados, los ilotas, atrincherados en el monte Itome. Cimón, el político ateniense amigo de los espartanos, fue con un buen ejército. Y los espartanos, de todos sus aliados, despidieron solo a los atenienses.

Atenas se sintió insultada. Rompió la alianza con Esparta y se alió con Argos, su vieja enemiga. Plutarco cuenta que a Cimón lo condenaron al ostracismo. Cuando los espartanos llegaron a Tanagra, Cimón fue a pelear con su tribu y se lo prohibieron. Sus amigos pusieron su armadura en medio de sus filas y cayeron cien luchando.

Tucídides cuenta esta guerra, de Tanagra a Enófita. De Énoe, en cambio, no dice nada.

05

Las estatuas de Delfos

Por otra fuente sabemos que la batalla le importó a alguien. Pausanias, al recorrer Delfos, ve unas estatuas ofrecidas por los argivos: los capitanes que fueron con Polinices contra Tebas —Adrasto, Tideo, Capaneo, Eteoclo, Polinices, Hipomedonte—, y el carro de Anfiarao, con su auriga. Las hicieron los escultores Hipatodoro y Aristogitón, y los propios argivos contaban, dice Pausanias, que las pagaron con los despojos de una victoria que ellos y sus aliados atenienses habían ganado sobre los lacedemonios en Énoe, en territorio argivo.

Del mismo botín le parece a Pausanias que salieron las estatuas de los Epígonos, los hijos de aquellos capitanes.

Así que Énoe existió, al menos para los argivos, y lo bastante como para encargar el trabajo de dos escultores. Los atenienses, en cambio, lo pintaron, según la descripción de Pausanias, como una batalla de atenienses contra lacedemonios, sin mencionar a los argivos. Cada ciudad recordaba la batalla a su manera.

06

Tres Énoes posibles

Lo que sigue es una discusión abierta. Los especialistas proponen al menos tres lecturas.

Una: fue una batalla real de la década del 450 a.C., durante la alianza entre Atenas y Argos. La estudiosa L. H. Jeffery (1965) la ubicó poco después de la victoria ateniense en Enófita, en el 457 a.C.

Otra, más reciente: Robert D. Luginbill (2014) sostiene que el silencio de Tucídides no alcanza para dudar de que ocurrió, y que el cuadro modificó el programa original del pórtico, el de la época de Cimón, para difundir la nueva política antiespartana de la joven democracia.

Y otra: E. D. Francis y Michael Vickers (1985) propusieron que el cuadro no se refería al Énoe argivo, sino a un Énoe del Ática, y que mostraba la llegada de los plateos antes de Maratón. No es un invento: existió un Énoe en el Ática, y Heródoto (5.74) lo nombra como un distrito de la frontera con Beocia.

Con lo que tenemos, no hay forma de decidir.

07

La batalla que la historia olvidó

Las tres lecturas dejan la misma imagen: la primera pintura de la serie, la que Pausanias nombra antes que ninguna, era la de una batalla que ya casi nadie recuerda.

Quizá por eso importa. Los atenienses que pasaban por el pórtico conocían Maratón, Troya y las amazonas: cuadros que se explican solos. Énoe pedía una explicación. Y alguien decidió pintarlo igual, en el mejor lugar del ágora, al lado de los grandes.

El pintor eligió, además, no mostrar la victoria ni la proeza, sino el instante anterior: dos filas por chocar, el segundo antes de que nadie sepa quién es quién.

La mayoría de las peleas de una vida son así. No las cuenta ningún historiador. No dejan estatuas. Pero hubo que formarse, y salir.

¿Sabías que…?

  • Pausanias es el único autor antiguo que describe la batalla de Énoe, hasta donde sabemos. Ni Heródoto ni Tucídides la mencionan.

    Pausanias 1.15.1 y 10.10.4; R. D. Luginbill, Historia 63 (2014)
  • El pintor de la Pecile no eligió el clímax ni las proezas: pintó, dice Pausanias, «el comienzo del combate, cuando los hombres estaban por llegar a las manos».

    Pausanias 1.15.1
  • Según Tucídides, Esparta despidió a los atenienses que habían ido a ayudarla en el monte Itome, «temiendo su audacia y su afán de novedades». Atenas respondió aliándose con Argos, la enemiga de Esparta.

    Tucídides 1.102
  • Los argivos contaban que pagaron con el botín de Énoe unas estatuas en Delfos, obra de los escultores Hipatodoro y Aristogitón.

    Pausanias 10.10.3–4
  • Hubo más de un Énoe. Además del de la Argólide, existió uno en el Ática, en la frontera con Beocia, que los beocios tomaron en una incursión contra Atenas.

    Heródoto 5.74.2
Lo que nos deja

Las batallas que nadie recuerda también cuentan. Casi todos tus días son un Énoe, no un Maratón: nadie va a escribir sobre ellos y, aun así, hubo que formarse y salir. Estoa guarda también esas noches. Pintá el instante antes: qué te esperaba, con qué contabas, qué tenías en la mano. No hace falta saber quién ganó para que la página valga.

Fuentes antiguas
  • Pausanias, Descripción de Grecia 1.15.1; 2.25.2–3 (Énoe en la Argólide); 10.10.3–4 (estatuas argivas en Delfos) · texto
  • Tucídides 1.102–108 (Itome, alianza con Argos, Tanagra, Enófita; griego) · texto
  • Plutarco, Cimón 17 (ostracismo de Cimón, armadura en Tanagra) · texto
  • Heródoto 5.74.2 (el Énoe del Ática) · texto
  • Estudios modernos (solo resúmenes y datos bibliográficos; no consulté los artículos completos): L. H. Jeffery, «The Battle of Oinoe in the Stoa Poikile: A Problem in Greek Art and History», Annual of the British School at Athens 60 (1965) 41–57 ( · texto
  • Verificación general de la Pecile · texto
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Recreación al óleo: La Amazonomaquia
Segunda pintura · 5 min de lectura

La Amazonomaquia

Atenas, tiempos de Teseo (edad heroica)

En el Pórtico

Según Pausanias (1.15.2), en el muro del medio los atenienses y Teseo combatían contra las amazonas; no da más detalles ni el nombre del pintor. Una tradición ata a Micón con las amazonas (Aristófanes, en Lisístrata 678–679, recuerda «las amazonas que pintó Micón combatiendo a caballo contra los hombres», aunque no dice dónde estaban), y, según los estudios modernos, las fuentes dan también el nombre de Paneno; no hay acuerdo.

01

Un viaje al Ponto

Las amazonas vivían, decían los griegos, junto al río Termodonte, en una ciudad llamada Temiscira: un pueblo de mujeres guerreras. Los propios atenienses, en boca de Heródoto, contaban entre sus hazañas la victoria sobre las amazonas que habían invadido el Ática.

Teseo, el héroe de Atenas, navegó hasta el mar Negro y volvió con una amazona. Hasta ahí, todos coinciden. Después, cada uno cuenta su versión, y Plutarco las recoge con paciencia.

Unos dicen que Teseo fue con Heracles y recibió a Antíope como premio al valor. Los más dicen que fue solo, y que la tomó cautiva. Según Bión, la engañó: las amazonas eran amistosas con los hombres, le mandaron regalos, él invitó a la mensajera a subir a su nave y zarpó. Según Hegias de Trecén, la propia Antíope, enamorada de Teseo, entregó la ciudadela. Píndaro decía que se la habían llevado Teseo y Pirítoo.

Plutarco se inclina por la segunda, que le parece la más probable. Y de lo que vino después no dudaba: fue, escribe, una empresa que no parece haber sido trivial ni de mujeres.

02

Las tiendas en la colina

«Esta colina de Ares, sede y tiendas de las amazonas cuando llegaron a la guerra, movidas por su rencor contra Teseo…»

Esquilo, Euménides 685–687

Las amazonas fueron a buscar a Antíope, y llegaron lejos. Plutarco razona como un detective: no habrían podido acampar dentro de la ciudad ni pelear cuerpo a cuerpo junto a la Pnix y el Museo, dos colinas de Atenas, si antes no hubieran dominado todo el país que la rodeaba. Los nombres de los lugares y las tumbas de los caídos, dice, prueban que estuvieron casi en el corazón de la ciudad.

Y no está solo. En Las Euménides, Esquilo hace que la diosa Atenea explique por qué una colina se llama de Ares: allí acamparon las amazonas cuando atacaron, levantaron torres frente a la ciudad nueva y ofrecieron sacrificios a Ares. Por eso todavía se llama Areópago.

Cómo llegaron es otra discusión. Helánico contaba que cruzaron el Bósforo Cimerio sobre el hielo. Plutarco lo pone en duda.

Durante mucho tiempo, cuenta, hubo vacilación y demora de ambos lados. Ninguno de los dos bandos se decidía a atacar.

03

Un sacrificio al Miedo

Al final, siguiendo un oráculo, Teseo hizo un sacrificio al Miedo, a Fobo, y entró en combate con las mujeres. Fue el día del mes de Boedromión en que los atenienses todavía celebraban, en tiempos de Plutarco, las fiestas Boedromias.

Plutarco cita el relato de Clidemo, que se propone ser minucioso. Las amazonas formaron con el ala izquierda hasta lo que hoy se llama el Amazoneion, y con la derecha tocando la Pnix, en el lugar llamado Crisa. Los atenienses atacaron desde el Museo, y por ahí perdieron: las mujeres los empujaron hasta el santuario de las Euménides.

Pero los que atacaron desde el Paladión, desde el Ardeto y desde el Liceo hicieron retroceder el ala derecha de las amazonas hasta su campamento y mataron a muchas.

No fue una victoria limpia: los atenienses cedieron en un flanco y ganaron en el otro. Y quedaron los testigos: el Amazoneion, el santuario de las Euménides y las tumbas de los caídos, a ambos lados del camino que lleva a la puerta del Pireo.

04

Molpadia y la jabalina

La guerra dejó pérdidas, y las fuentes las cuentan de formas distintas.

Los atenienses contaban que Antíope murió a manos de otra amazona, Molpadia: según Pausanias, de un flechazo; según Plutarco, de una jabalina, cuando peleaba junto a Teseo. Teseo mató a Molpadia. En Atenas, dice Pausanias, había un monumento para Antíope y otro para Molpadia. Plutarco agrega que una columna junto al santuario de la Tierra Olímpica se levantó, según algunos, en memoria de la amazona muerta.

Plutarco menciona además otra tradición, más piadosa: que Antíope envió en secreto a las amazonas heridas a Calcis, en Eubea, y que allí las curaron. Las que murieron fueron enterradas allí, cerca de un sitio que en tiempos de Plutarco se llamaba Amazoneion.

Y hay una tercera versión, la de los megarenses. Hipólita, hermana de Antíope y jefa de las mujeres esa vez, escapó con unas pocas hasta Mégara. Perdida la guerra, y perdida la esperanza de volver a Temiscira, murió allí de pena. Su tumba tenía la forma de un escudo de amazona.

05

El lugar del juramento

La guerra terminó, dice Plutarco, con un tratado solemne. Lo prueba, argumenta, un sitio de Atenas junto al Teseión llamado Horcomosio, «el lugar del juramento». Según Clidemo, la paz llegó a los tres meses, por mediación de Hipólita, nombre que él da a la amazona con la que Teseo se casó, en lugar de Antíope.

Y lo prueba algo más: en tiempos antiguos, antes de la fiesta de Teseo, los atenienses ofrecían un sacrificio a las amazonas. A las enemigas vencidas, un sacrificio.

Sus rastros aparecen por toda Grecia, agrega Plutarco. En Mégara mostraban dónde estaban enterradas, en el camino de la plaza al lugar llamado Rus. Otras murieron cerca de Queronea y fueron enterradas junto a un arroyo que antiguamente se llamaba Termodonte, como el río de su tierra, y hoy Hemón. Y en Tesalia se mostraban tumbas de amazonas cerca de Escotusa y Cinoscéfalas: tampoco por allí habían pasado sin lucha.

Un ejército de mujeres, seguido por sus tumbas, desde el Ponto hasta el Ática.

06

Solo ellas no perdían el arrojo

«Solo a las mujeres, al parecer, las derrotas no les quitaban el arrojo ante el peligro.»

Pausanias, Descripción de Grecia 1.15.2

Así llegó la historia al Pórtico. En el muro del medio, cuenta Pausanias, los atenienses y Teseo combatían contra las amazonas. Y al viajero se le escapa un comentario de admiración: Temiscira cayó ante Heracles; el ejército que mandaron contra Atenas fue destruido; y aun así fueron a Troya, a pelear contra todos los griegos y contra los mismos atenienses.

Los atenienses, por su parte, llevaban esta guerra con orgullo. La habían representado en el escudo de su Atenea y en la base del Zeus Olímpico. En Heródoto, cuando discuten en Platea con los de Tegea quién merece el puesto de honor, la incluyen entre sus títulos.

Y la pintura tenía fama. En Lisístrata, el coro de viejos, alarmado por las mujeres rebeldes, advierte: «Mirá a las amazonas, las que pintó Micón combatiendo a caballo contra los hombres». Ese Micón fue uno de los pintores del Pórtico. Pero cuál de los cuadros fue suyo es una de las preguntas que la historia no respondió.

¿Sabías que…?

  • El Areópago, la colina de Atenas donde después funcionó el tribunal de los asesinatos, se llamaba así porque, según Esquilo, allí acamparon las amazonas y le ofrecieron sacrificios a Ares.

    Esquilo, Euménides 685–690
  • Antes de atacar, y por indicación de un oráculo, Teseo sacrificó al Miedo (Fobo).

    Plutarco, Teseo 27.2
  • En Mégara mostraban la tumba de Hipólita, la reina de las amazonas: tenía la forma de un escudo de amazona.

    Pausanias 1.41.7
  • Antes de la fiesta de Teseo, los atenienses ofrecían un sacrificio a las amazonas, y un lugar cercano al Teseión se llamaba «Horcomosio», el sitio del juramento de la paz.

    Plutarco, Teseo 27.5
  • En el 411 a.C., Aristófanes hace decir a un coro: «Mirá a las amazonas, las que pintó Micón combatiendo a caballo contra los hombres». Es una alusión de la época, aunque no dice dónde estaba el cuadro.

    Aristófanes, Lisístrata 678–679
Lo que nos deja

El rival más duro no siempre viene de afuera: a veces acampa en el medio de tu propia ciudad. Los atenienses lo enfrentaron con miedo y con pérdidas, y después sellaron un juramento y honraron a las amazonas con un sacrificio. Un rival digno no se desprecia: se conoce, se nombra y se respeta. En Estoa lo llamás «rival». Ponele nombre, estudialo, y ganale sin odiarlo.

Fuentes antiguas
  • Plutarco, Vida de Teseo 26–28 y 35 (Antíope, Clidemo, Molpadia, Horcomosio; trad. Perrin en LacusCurtius) · texto
  • Pausanias, Descripción de Grecia 1.2.1, 1.15.2, 1.17.2, 1.25.2, 1.41.7 (inglés Jones–Ormerod y griego) · texto
  • Esquilo, Euménides 681–690 (griego) · texto
  • Aristófanes, Lisístrata 672–681 (griego) · texto
  • Heródoto, Historias 4.110–111 y 9.27.4 (Amazonas; discurso de los atenienses en Platea) · texto
  • Verificación de la atribución de pintores del Pórtico (solo comentario moderno) · texto
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Recreación al óleo: La caída de Troya
Tercera pintura · 7 min de lectura

La caída de Troya

Ilión, la última noche de la guerra de Troya (edad heroica) · el juicio de Áyax

En el Pórtico

Según Pausanias (1.15.2), a continuación de las amazonas venían los griegos que acababan de tomar Ilión, con los reyes reunidos a causa del atrevimiento de Áyax contra Casandra; el cuadro incluía al propio Áyax, a Casandra y a otras cautivas. La tradición lo atribuye a Polignoto de Tasos, que, según Plutarco, pintó a las troyanas en el pórtico sin cobrar; Pausanias no da el nombre, y esta escena de Atenas no debe confundirse con la Iliupersis que el mismo Polignoto pintó en Delfos.

01

La última noche

La guerra de Troya se decidió con un engaño y terminó en una noche. El poema que la contaba, la Iliupersis, la «Toma de Ilión», atribuido a Arctino de Mileto, se ha perdido; pero un resumen antiguo conservó su hilo.

Los troyanos desconfiaban del caballo de madera de los griegos. Unos querían arrojarlo desde las rocas; otros, quemarlo; otros, consagrarlo a Atenea. Prevaleció la tercera opinión. Entonces se dedicaron a festejar, creyendo que la guerra había terminado.

De pronto, dos serpientes destruyeron a Laocoonte y a uno de sus hijos. Los seguidores de Eneas, alarmados, se retiraron al monte Ida. Sinón, que se había infiltrado en la ciudad con un pretexto, encendió la señal de fuego. Los griegos volvieron de Tenedos, los hombres ocultos en el caballo salieron a pelear, y la ciudad fue tomada.

Neoptólemo mató a Príamo, que se había refugiado en el altar de Zeus Herceo. Menelao encontró a Helena y la llevó a las naves, después de matar a Deífobo. De todas las escenas de esa noche, los pintores de Atenas eligieron una: la que vino después.

02

Casandra y la imagen de madera

En el templo de Atenea, dentro de la ciudad, estaba la antigua imagen de madera de la diosa. Casandra, hija de Príamo, corrió a refugiarse allí y se abrazó a ella. En Grecia, quien se aferraba a una imagen sagrada o a un altar pedía amparo: era un suplicante, y tocarlo era un sacrilegio.

Áyax, hijo de Oileo, jefe de los locrios, la vio. Homero lo describe en la Ilíada como un hombre pequeño, «mucho menor» que el otro Áyax, el de Telamón; de coraza de lino, pero que con la lanza superaba a todos los griegos. Por eso se lo llama Áyax el Menor.

Áyax arrastró a Casandra por la fuerza, arrancándola de la imagen, que cayó de su base. Ese fue el ultraje, lo que Pausanias llama un tólmema, un atrevimiento. Las fuentes lo cuentan sin adornos. Apolodoro suma una imagen: desde entonces, se decía, la estatua de Atenea mira hacia el cielo.

Calcas, el adivino, lo llamó por su nombre: impiedad. Y esa palabra pesaba más que cualquier otra.

03

Los reyes se reúnen

Ahora los griegos tenían un problema, y era de ellos. Pausanias, al describir el cuadro del Pórtico, no se detiene en Troya en llamas: los reyes están reunidos «a causa del atrevimiento de Áyax contra Casandra». El cuadro es un juicio. Está el propio Áyax, está Casandra, hay otras mujeres cautivas.

El resumen de Proclo dice que los griegos, enfurecidos, resolvieron apedrear a Áyax, y que él escapó del peligro refugiándose en el altar de Atenea. Apolodoro cuenta que Calcas anunció que la diosa estaba irritada y que habrían matado a Áyax, pero él huyó al altar y lo dejaron en paz.

En Delfos, el mismo Polignoto había pintado otra vez esta historia, y Pausanias la describe: Áyax, escudo en mano, de pie ante un altar, presta juramento por lo hecho contra Casandra. Ella está sentada en el suelo, con la imagen de Atenea en las manos. Están también los hijos de Atreo, con casco, y quienes le toman el juramento.

No sabemos cómo mostraba la escena la pintura de Atenas. Pausanias solo dice que estaban los reyes reunidos, Áyax, Casandra y otras cautivas.

04

La justicia que no llegó

Las fuentes discrepan sobre lo que pasó después, y esa discrepancia cuenta.

En el resumen de Proclo, los griegos quieren apedrearlo. En Apolodoro, casi lo matan. En la pintura de Delfos, lo hacen jurar. Y en Las troyanas de Eurípides, estrenada en el 415 a.C., la versión es más amarga: Atenea aparece ante Poseidón y le dice: «¿No sabés que me han ultrajado a mí y a mis templos?». Poseidón responde: «Lo sé: cuando Áyax arrastraba a Casandra por la fuerza». Y la diosa: «Y no sufrió nada de parte de los aqueos, ni siquiera oyó un reproche».

Es decir: en esa versión, nadie lo castigó. Y en las demás, el castigo quedó en una amenaza, o en un juramento.

Poseidón le recuerda entonces a la diosa que esos mismos griegos tomaron Ilión con la fuerza de ella. «Por eso —contesta Atenea— quiero hacerles daño junto con vos.» Quiere que en el futuro los aqueos aprendan a respetar su santuario y a venerar a los demás dioses.

Cuando un juicio no cierra, alguien más lo cierra.

05

Atenea pide cuentas

«Necio el mortal que arrasa ciudades, templos y tumbas, recintos sagrados de los muertos: los abandona a la desolación y él mismo perecerá después.»

Eurípides, Las troyanas 95–97

El plan se cumplió. Apolodoro cuenta que, cuando los griegos zarparon, Atenea le pidió a Zeus una tempestad contra ellos, y muchas naves naufragaron. Menelao perdió casi toda su flota y llegó a Egipto con cinco naves.

Hubo una venganza más, por una vieja cuenta. Nauplio había perdido a su hijo Palamedes, apedreado por una intriga de Odiseo, y no se le había hecho justicia. Cuando supo que los griegos volvían, encendió una hoguera en el monte Cafareo, en Eubea. Los marinos, creyendo que era un puerto, se acercaron a la costa, y las naves se estrellaron contra los escollos.

En Las troyanas, Eurípides pone la venganza de la diosa en boca de los dioses: Poseidón promete agitar el mar Egeo hasta llenar de muertos las costas de Míconos, los arrecifes de Delos, Esciro, Lemnos y los promontorios de Cafareo. Y la escena termina con la sentencia que abre este capítulo.

Diez años de guerra y una noche que la manchó. Ahora, el precio.

06

La roca de Giras

«…y habría escapado a su destino, aun odiado por Atenea, si no hubiera soltado una palabra desmesurada y no se hubiera cegado tanto.»

Homero, Odisea 4.502–504

Homero cuenta el final de Áyax por boca del viejo Proteo, el dios marino que le cuenta a Menelao la suerte de sus compañeros (Odisea 4.499–511). Áyax naufragó. Poseidón lo acercó primero a las grandes rocas de Giras y lo salvó del mar. Apolodoro agrega que Atenea había lanzado un rayo contra su nave.

Pero Áyax, ya a salvo, se puso a decir a voces que había escapado del gran abismo del mar contra la voluntad de los dioses. Poseidón lo oyó. Tomó su tridente con manos fuertes y golpeó la roca de Giras, y la partió. Una mitad se quedó donde estaba. La otra cayó al mar, y era el trozo donde Áyax se había sentado. Lo arrastró el mar sin orillas, agitado.

«Así murió allí —dice Homero—, después de beber el agua salada.»

Homero solo dice «Áyax»: la tradición, con el resumen de Proclo y con Apolodoro, lo identifica con el hijo de Oileo. Y la lección de la escena queda en una sola palabra griega, hyperphíalon: desmesurada, excesiva. En la versión de Homero, lo que lo perdió fue lo que dijo después.

07

Mil años de doncellas

El precio no lo pagó solo Áyax. Según Apolodoro, cuando los locrios recuperaron su país, tres años después les cayó una peste. El oráculo les dijo que aplacaran a Atenea en Ilión y que enviaran, durante mil años, dos doncellas como suplicantes. Las primeras que sortearon fueron Peribea y Cleopatra.

Al llegar a Troya, los habitantes las perseguían, y ellas se refugiaron en el santuario. No se acercaban a la diosa: barrían y rociaban el templo, con el pelo cortado, un solo vestido y descalzas, y no salían del recinto. Cuando murieron, enviaron otras; entraban en la ciudad de noche, para que no las mataran si las veían fuera del santuario. Más adelante mandaron bebés con sus nodrizas. El tributo terminó pasada la guerra de Fócida, cuando se cumplieron los mil años.

Eso fue lo que costó aquella noche. Y los atenienses quisieron pintarla. Polignoto, cuenta Plutarco, pintó a las troyanas en el Pórtico sin cobrar. Y Paneno, el hermano de Fidias, pintó el ultraje de Áyax contra Casandra en las barreras del trono de Zeus en Olimpia. Era un tema al que los pintores no dejaban de volver.

¿Sabías que…?

  • Homero describe a Áyax el Menor como un hombre pequeño, de coraza de lino, pero que con la lanza superaba a todos los griegos.

    Homero, Ilíada 2.527–530
  • Según Apolodoro, desde el ultraje de Casandra se decía que la imagen de Atenea mira hacia el cielo.

    Apolodoro, Epítome 5.22
  • Además de la Pecile, Paneno pintó el ultraje de Áyax contra Casandra en las barreras del trono de Zeus en Olimpia, y Polignoto pintó a Áyax jurando ante un altar en Delfos.

    Pausanias 5.11.5 y 10.26.3
  • Áyax se salvó de la tormenta y, según Homero, perdió la vida por una frase. Poseidón lo oyó decir que se había salvado contra la voluntad de los dioses, y partió con el tridente la roca sobre la que estaba sentado.

    Homero, Odisea 4.499–511
  • Según Apolodoro, los locrios enviaron dos doncellas por año durante mil años a Ilión, con el pelo cortado y descalzas, para barrer el santuario de Atenea. Entraban a la ciudad de noche, para no ser vistas.

    Apolodoro, Epítome 6.20–22
Lo que nos deja

A Áyax lo juzgaron por lo que hizo, pero, según Homero, lo perdió lo que dijo después: una palabra desmesurada. Cada noche, en Estoa, hay un pequeño juicio: qué pasó de verdad, qué pensaste, qué exageraste. La pregunta es esa: ¿es justo o exagerado? Un tribunal serio no condena de entrada ni absuelve por cansancio. Separá los hechos de la sentencia que te dictás, y escribí un pensamiento más preciso, no más lindo.

Fuentes antiguas
  • Proclo, Crestomatía (resumen de la Iliupersis de Arctino de Mileto y de los Regresos), en la versión inglesa de H. G. Evelyn-White (Loeb 1914) publicada en Theoi · texto
  • Apolodoro, Epítome 5.22–23; 6.1–11; 6.20–23 (trad. Frazer) · texto
  • Pausanias, Descripción de Grecia 1.15.2; 5.11.5–6; 10.25–26 (Delfos, Polignoto) · texto
  • Homero, Odisea 4.495–515 (griego) · texto
  • Homero, Ilíada 2.527–535 (Áyax hijo de Oileo; griego) · texto
  • Eurípides, Las troyanas 65–97 (griego) · texto
  • Plutarco, Cimón 4.5–6 (Polignoto pintó gratis a las troyanas en el «Pisianacteo») · texto
  • Diógenes Laercio 7.5 (la Pecile debe su nombre a la pintura de Polignoto) · texto
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Recreación al óleo: Maratón
Cuarta pintura · 7 min de lectura

Maratón

Maratón, 490 a.C.

En el Pórtico

Al final del muro, según Pausanias (1.15.3), atenienses y plateos chocaban con los bárbaros; más adentro, los persas huían empujándose hacia el pantano, y en el extremo estaban las naves fenicias, con los griegos matando a los que trepaban a ellas. Se veían el héroe Maratón, Teseo saliendo de la tierra, Atenea, Heracles y, entre los más destacados, Calímaco, Milcíades y el héroe Equetlo; Plinio agrega que estaban retratados los generales (Milcíades, Calímaco y Cinegiro por los atenienses, Datis y Artafernes por los persas) y Esquines, que a Milcíades lo pintaron primero, animando a los soldados. Pausanias (5.11.6) y Plinio (35.57) dan como autor a Paneno, el hermano de Fidias; otras tradiciones mencionan a Micón y a Polignoto.

01

Acordate de los atenienses

«Señor, acordate de los atenienses.»

Heródoto, Historias 5.105

Todo empezó con un incendio. Años antes, naves atenienses habían ayudado a las ciudades griegas de Jonia, rebeladas contra el rey de Persia, y en aquella revuelta ardió Sardes. Cuando Darío se enteró, cuenta Heródoto, preguntó quiénes eran esos atenienses. Pidió su arco, disparó una flecha al cielo y rogó: «Zeus, concédeme vengarme de los atenienses». Después ordenó a un sirviente que, cada vez que le sirvieran la cena, se lo repitiera tres veces.

En el 490 a.C. la venganza zarpó: seiscientas naves al mando de Datis, un medo, y de Artafernes, sobrino del rey. Eretria resistió seis días y al séptimo la traicionaron dos hombres de peso.

El viejo Hipias, el tirano que Atenas había expulsado, los guió hasta Maratón, la llanura más cómoda para la caballería. Al desembarcar estornudó tan fuerte que perdió un diente en la arena, y no lo encontró. «Esta tierra no es nuestra —dijo—. Mi diente tiene toda la parte que me tocaba.»

02

El mensajero

Atenas mandó a un corredor a Esparta. Se llamaba Filípides y era un hemeródromo, un «corredor de un día»: un profesional de las largas distancias. Salió de la ciudad y, según Heródoto, al segundo día estaba en Esparta. Son unos 240 kilómetros de caminos montañosos.

Ante los magistrados dijo: «Lacedemonios, los atenienses les piden que los ayuden y que no dejen caer en la esclavitud a la ciudad más antigua de Grecia. Ya Eretria ha sido esclavizada, y Grecia es más débil por una ciudad importante».

Los espartanos quisieron ayudar, pero no podían partir enseguida. Su ley les prohibía marchar antes de la luna llena, y aún faltaba para eso.

En el camino, contó Filípides, le había pasado algo. En el monte Partenio, sobre Tegea, se le apareció el dios Pan, lo llamó por su nombre y le pidió que preguntara a los atenienses por qué no le rendían culto, si era su amigo y los había ayudado tantas veces. Los atenienses le creyeron. Cuando las cosas salieron bien, le levantaron un santuario bajo la Acrópolis y, cada año, le ofrecen sacrificios y una carrera de antorchas.

03

Diez generales, un voto

En Maratón, los atenienses acamparon en el recinto de Heracles. Eran diez generales, y uno de ellos era Milcíades. Poco después llegaron los plateos, con todas sus fuerzas: Atenas los había protegido cuando Tebas los apretaba, y ahora devolvían el favor. Pausanias agrega que fue la primera vez que esclavos pelearon junto a sus amos.

Pero los generales no se ponían de acuerdo. Unos decían que eran demasiado pocos para enfrentar al ejército de los medos; otros, con Milcíades, querían atacar. Faltaba un voto: el del polemarco, un magistrado militar elegido por sorteo, cuyo voto valía por costumbre tanto como el de un general. Ese año era Calímaco, del demo de Afidna.

Milcíades fue a buscarlo. «En tus manos está ahora, Calímaco, esclavizar a Atenas o hacerla libre», le dijo. Si no atacaban, temía una discordia tan grande que llevara a muchos atenienses a pasarse a los medos. Calímaco dio su voto.

Los generales que apoyaban el ataque le cedieron a Milcíades su turno de mando. Él esperó a que llegara su propio día.

04

Ocho estadios

Cuando le tocó el turno, Milcíades formó a los atenienses. En el ala derecha, el polemarco Calímaco. Después, las tribus, una junto a otra. Al final, en el ala izquierda, los plateos. Para igualar la línea persa, que era muy larga, el centro quedó reducido a pocas filas, y las alas, reforzadas.

Se hicieron los sacrificios, y los presagios salieron favorables. Entonces los atenienses partieron a la carrera. Entre los dos ejércitos había no menos de ocho estadios: cerca de un kilómetro y medio.

Los persas los vieron correr y se prepararon para recibirlos. Los creyeron locos, dice Heródoto, condenados a la ruina: eran pocos, corrían y no tenían caballería ni arqueros. Años después, en Los persas, Esquilo pondría en boca del coro la respuesta a la reina, que preguntaba por los atenienses: «¿Y qué pastor de hombres los manda y los gobierna?» —«De ningún hombre se llaman esclavos ni súbditos».

Pero cuando los atenienses cayeron todos juntos sobre ellos, pelearon de un modo digno de recordarse. Fueron, dice Heródoto, los primeros griegos que se sepa que corrieron contra el enemigo, y los primeros que soportaron ver la ropa de los medos. Hasta entonces, a los griegos les daba miedo hasta oír su nombre.

05

El centro cede

La lucha duró mucho. En el centro, donde estaban los persas y los sacas, ganaron los bárbaros: rompieron la línea y persiguieron tierra adentro. En las alas, en cambio, vencieron atenienses y plateos.

Y ahí ocurrió lo que decidió el día. Los vencedores de las alas dejaron huir a los que tenían delante, juntaron las dos alas y se volvieron contra los que habían roto el centro. Ganaron los atenienses. Después siguieron a los persas en fuga, golpeándolos, hasta el mar. Allí pidieron fuego y se aferraron a las naves.

Pausanias, que veía la pintura, la describe en tres tiempos: el choque de plateos y atenienses con los bárbaros; en el medio, los persas huyendo y empujándose unos a otros hacia el pantano; y en el extremo, las naves fenicias y los griegos matando a los que trepaban a ellas.

En esa lucha murió Calímaco, el polemarco, «un hombre valiente», y el general Estesileo. Cayó Cinegiro, hijo de Euforión, al que un hacha le cortó la mano cuando se agarraba al adorno de popa de una nave. Los atenienses capturaron siete naves.

06

El hombre del arado

«Se dice que estuvo en la batalla un hombre de aspecto y vestido campesinos. Después de matar a muchos bárbaros con un arado, no se lo vio más.»

Pausanias, Descripción de Grecia 1.32.5

Nadie supo quién era. Los atenienses consultaron al oráculo, y el dios no dijo nada más del desconocido: solo ordenó que se honrara como a un héroe a Equetlo, «el de la mancera del arado». Y ahí está, en la pintura del Pórtico, entre los más destacados: Calímaco, Milcíades y un héroe llamado Equetlo.

No es el único al que Maratón le sumó un misterio. Heródoto cuenta de Epízelo, un ateniense que peleaba con valor y de pronto quedó ciego sin que nada lo hubiera tocado. Dijo que había visto frente a él a un hoplita enorme, con una barba tan larga que le sombreaba el escudo. El fantasma lo pasó de largo y mató al que estaba a su lado.

Plutarco agrega que muchos de los que pelearon en Maratón creyeron ver a Teseo, armado, corriendo delante de ellos contra los bárbaros. Y Pausanias, siglos después, aseguraba que en Maratón, de noche, todavía se oían relinchar caballos y pelear hombres.

Así recordaron los atenienses ese día: uno en que hasta un campesino, con lo que tenía a mano, había peleado por ellos.

07

Alégrense, vencemos

La batalla terminó, pero el día no. Los persas subieron a las naves y bordearon el cabo Sunio para caer sobre Atenas antes de que volviera el ejército. Los atenienses marcharon de regreso a defender la ciudad, dice Heródoto, «con toda la rapidez que sus pies podían». Llegaron primero. Cuando los persas vieron el campamento ateniense en Cinosarges, dieron media vuelta y navegaron hacia Asia.

Pasada la luna llena llegaron dos mil espartanos, que habían hecho el camino en tres días. Tarde para pelear, quisieron ver igual a los medos. Fueron a Maratón, los vieron, elogiaron a los atenienses y se volvieron. Según Heródoto, habían muerto unos 6.400 persas y 192 atenienses.

La leyenda del corredor que llegó a Atenas con la noticia y cayó muerto no está en Heródoto. Plutarco, casi seis siglos después, la cuenta con otro nombre: Euclés, que solo alcanzó a decir «Alégrense, vencemos». Luciano, en el siglo II d.C., lo llama Filípides. De esa historia nació la maratón.

Esquilo, el gran poeta de Atenas, que peleó allí, no quiso otra cosa en su tumba: solo su nombre, el de su padre y el de su ciudad, y que del valor que tuvo podían dar fe el bosque de Maratón y los medos que desembarcaron.

¿Sabías que…?

  • Según Heródoto, Filípides llegó a Esparta al segundo día de salir de Atenas. En 1982, cinco oficiales de la Fuerza Aérea británica probaron si un hombre podía hacerlo, y tres lo lograron en menos de 40 horas. Desde 1983 se corre cada año el Spartathlon, 246 kilómetros entre las dos ciudades.

    Heródoto 6.106.1; Wikipedia, «Spartathlon»
  • La carrera de Maratón a Atenas con la noticia no está en Heródoto. Plutarco la atribuye a Euclés (o a Tersipo, según Heráclides Póntico) y Luciano, a Filípides. Ni Plutarco ni Luciano dicen «nenikékamen» («hemos vencido»): lo que cita Luciano es «Χαίρετε, νικῶμεν», «Alégrense, vencemos».

    Plutarco, De gloria Atheniensium 3 (347c); Luciano, Pro lapsu inter salutandum 3
  • Los 2.000 espartanos que llegaron tras la luna llena habían hecho el camino desde Esparta en tres días. Llegaron tarde a la batalla, pero fueron a Maratón a ver a los persas muertos.

    Heródoto 6.120
  • Esquilo, el poeta que había ganado fama con sus tragedias y peleado en Salamina, no quiso que su epitafio hablara de nada de eso: solo de Maratón.

    Pausanias 1.14.5
  • Milcíades había pedido que su nombre se escribiera junto a la pintura de Maratón. El pueblo no se lo concedió; lo pintó primero, animando a los soldados.

    Esquines, Contra Ctesifonte 186
Lo que nos deja

Los atenienses eran pocos y tenían el centro flojo. Ganaron porque las alas hicieron lo suyo y después se juntaron a ayudar a lo que cedía. Un día difícil se ordena parecido: buscás dónde cediste, sumás lo que salió bien y volvés sobre lo débil. Y si no tenés espada, hacé como Equetlo, el campesino que peleó con lo que tenía a mano: un arado. No hace falta un ejército: alcanza con usar lo que tenés.

Fuentes antiguas
  • Heródoto, Historias 5.105; 6.94–121; 6.132–136; 9.27 (griego e inglés) · texto
  • Pausanias, Descripción de Grecia 1.14.5, 1.15.3, 1.28.4, 1.32.3–7, 5.11.6 · texto
  • Plutarco, De gloria Atheniensium 3 (347c), trad. Babbitt · texto
  • Luciano, Pro lapsu inter salutandum 3 (griego) · texto
  • Plutarco, Vida de Teseo 35.5 (el fantasma de Teseo en Maratón) · texto
  • Esquines, Contra Ctesifonte 186 · texto
  • Plinio el Viejo, Historia natural 35.57 (Paneno y el cuadro de Maratón; ed. Bostock–Riley, cap. 34) · texto
  • Esquilo, Los persas 231–245 (griego) · texto
  • Suda, alfa iota 205 y 357 (Hemonio/«Alégrense, nos alegramos»; hermanos de Esquilo) · texto
  • Verificación de la leyenda del corredor (solo comentario moderno) · texto
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Tu propio
pórtico.

Estoa es una bitácora nocturna: cada noche das tu veredicto sobre el día, lo estudiás y lo dejás pintado como un cuadro. Ganes o pierdas, el cuadro queda.